Entre reja y reja no hay más que aire
Aunque suene reiterativo, lo repito, me encanta vivir de visita.
Y es que no hay muchas vías por las que entrar en la cárcel, léase, ser condenado con una pena privativa de libertad, opositar para convertirse en funcionario de prisiones, visitar a un familiar, amigo o cliente/paciente y por último, asistir al terrible espectáculo desde la posición de cómodo y correcto estudiante como un niño es llevado por sus papas a ver los animalitos del zoo.

Un funcionario de seguridad me invitaba complaciente a mirar y analizar la celda de una de las familias del módulo mixto, en su ausencia, obviando el derecho a la intimidad que aún conservan intacto. Nos mostraban orgullosos la maravilla arquitectónica y técnica que los centros Tipo son, porque lo son, macroprisiones donde la calidad de los servicios y la seguridad son excelentes, haciendote olvidar por unos instantes que detrás de un gran sistema (en el papel claro, la realidad es bien distinta) penitenciario desarrollado para la reinserción y reeducación de los internos se encuentra la crudeza de la vida taleguera, miles de hombres encerrados entre cuatro paredes en mitad de un páramo, obligados a adaptarse no sólo al castigo impuesto por el pueblo sino a convivir en una microsociedad de normas y jerarquia estricta, viendo año tras año como los programas de actividades se repiten hasta la saciedad y sintiendo que nada mejor les espera fuera de estos muros... salvo delinquir, que es mucho mas rentable.
Para algunos los límites entre el bien y el mal marcan la distancia entre esos internos y los que andamos de visita, nosotros dueños de una moral y ellos violadores de las morales del resto; yo, que no los tengo tan claros, solo encuentro una diferencia, mas allá de los kilometros de separación en nuestros motivos y mundos psicológicos, y es que ellos no han respetado las leyes y yo las respeto, o al menos nadie me ha pillado saltandomelas a la torera.
La conclusión es que es necesario alejar o aislar de la sociedad a los "malos", no tanto como castigo, demostrado queda que el castigo si no es contingente a la fechoría no tiene demasiado valor disuasorio, sino como una forma de preservar a los normativamente buenos de las maldades de los inadaptados, algo que entiendo y comparto. Y quien diga que no, que todo esto se hace como parte de un proceso de reintegración en nuestra querida sociedad, es que NUNCA ha pisado el patio de Madrid VI.
P.D.- Siempre hay excepciones para reglas tan crudas aunque realistas: Experiencia Villabona.

muaddib dijo
Uhm ... desde luego vas de visita a unos sitios. ¿No había catedrales, iglesias, castros, castillos, embalses, dolmenes, menhires para visitar? :S
Por cierto, ¿es como en Guantanamo? ¿Te dejan tirar cacahuetes a los presos? ¬¬
Nota mental: no ir de excursión con cretina nunca . xD
10 Mayo 2006 | 02:02 PM