Túnez, volar y el turista un millón.
La noche anterior fue un castigo divino, un baile de cisternas y carreras por los pasillos, compañeros de viaje demasiado acostumbrados a las comodidades de la urbe occidental y a la solícita madre de turno.
Tras quedarnos huecos, vacíos y lavarnos la cara, emprendimos la marcha hacia el mar de arena.
Parece sacrílego recorrer ese páramo sobre cuatro ruedas, mas propias de lugares suprahabitados, la mecánica y el progreso aplastando los rincones que la naturaleza se ha reservado por inhóspitos, sólo explorables por unos cuantos nómadas y 1000 touroperadores.
Pero el antagonismo, la extraña sensación de un motor y chapa sobre esa cordillera de arenisca fruto de la erosión milenaria dotaba de un aire de irrealidad a la escena que la hacía única.
El conductor pisó el acelerador y en las siguientes dos horas volamos, saltamos sobre las dunas a una velocidad endemoniada; mientras, una vieja cinta de Cher sonaba a trompicones interrumpida por la risa atronadora, embriagada de adrenalina de los 6 turistas que tenemos que zarpar hasta lugares como ése para atrevernos al riesgo, al riesgo de no saltar la siguiente duna, de no soportar otro baile de cisternas, al riesgo de no querer regresar...

Flanagan dijo
Mientras rodaban "El hombre que pudo reinar" Connery y Caine pasaron por un paraje similar a este en jeep. Pararon el automovil, se bajaron y tras unos minutos contemplando el mar de arena, como tu lo llamas, Caine dijo a Connery: "Escucha". A lo que éste respondió: "¿El qué?". "El sonido del silencio".
Bonita paradoja.
20 Junio 2006 | 07:15 PM