las mañanas miserables
Viene y se sienta en el alfeizar del escaparate, siempre demasiado temprano para estar ya en el estado que se encuentra, demasiado tarde para comenzar un día normal de la vida normal de los que suelen ser normales.
Su pequeña tiene sólo unos meses, apenas llora, nunca se queja, acostumbrada a que no haya nadie que acuda a su reclamo es casi ya autosuficiente en su inconsciencia; me cuenta su mamá que hoy anda medio mareada, dejó un porro sobre la banqueta por la noche y ha sido como un regalo divino encontrarlo por la mañana ahí, y fumárselo.
Tiene dos hijas más, quién sabe cuantas, pero no viven con ella, se las quitaron, como le quitarán a la pequeña; todos los días la deja en la cochambrosa habitación del hostal, sóla, y se marcha a buscarse la vida, a buscarse su fuga, una fuga demasiado cara para ella, más cara aún para su hija. Le partiría la cara, las ganas no me faltan, moral sí, para reprocharle nada.
Como un reloj todas las mañanas en el alféizar, sentada en el escaparate de una tienda en la que jamás comprará, no vendemos lo que busca. Me pregunta por alguien que no conozco, me habla de otra como si al menos existiera.
Empezar el día con la visita de la miseria, la cara de un bebé que pasa las horas llorando a cuatro paredes; vergüenza me da lamentarme por mis horas bajas.
